Relato Corto – Almas penan por el monte

In Random by Manuel AlmavaLeave a Comment

Una lámpara de gas colgaba de un lazo cual sol humilde en el medio de aquel jacalito de varas en la sierra, afuera solo unas casitas brillaban a lo lejos con sus solitarias luces, como errantes almas sobre el monte. No podía dejar de sentirme muy alerta, como si la noche intentase meterse por mi piel. Dentro, el padre Augusto continuaba con latigazos de exorcismos y letanías sobre el cuerpo de la pequeña Alondra. — Las almas penan por las laderas del monte— Me había dicho el padre cuando, ya oscureciendo, arribábamos al pueblito.— Algunas veces, también, viven con las personas, y otras, quieren ser personas—. Entonces, mientras estaba yo parado en el marco de la puerta, con medio cuerpo en la luz, medio cuerpo en la noche, un ruido de animales me alertó, volví la cabeza a la derecha, hacia un destartalado establo, hecho con tablas de madera, ahí no había animal alguno, seguramente desde hacía muchos años. Se podía oler la miseria, el polvo. Y como atraído por invisibles manos, que enternecedoras, me arrastraban hacia el fondo de aquel establo abandonado, me acerqué a su puerta, una boca grande y negra de madera dispareja, a solo unos pasos de aquel cuarto que he dejado atrás, del que aún se percibe el aroma de sudor y cama. Al adentrarme en aquel polvoriento lugar, una voz aguda vino del fondo del establo. — “Tengo el cuerpo de un cerdo”— me dijo una voz que me recordó el agua de una cascada y los cienosos huecos que yacen detrás… asomándose en la penumbra y vislumbrado apenas por las rayas de luz que se filtraban del jacalito vecino, donde con ímpetu se rezaba y fustigaba al diablo, pude ver una criaturita, una criaturita con la cabeza de un niño, con los ojos grandes y bien abiertos, puede que hasta unas pestañas gruesas e hirsutas, con la sonrisa triste, ¡pero el cuerpo de un cerdo! desparramado y obsceno. Se apoyaba sobre las patas traseras y me miraba fijamente. — ¡En el nombre de dios!— se escuchaba con furia al otro lado la fina pared. El niño lanzo un ronquido de marrano, se dio la vuelta y se fue corriendo dando tumbos, rebotando sus lonjas hacia el rincón del establo donde ya no lo pude ver más.

La verdad es que hasta ese momento no había sentido pánico, de hecho, había sido un tanto cómico…pero al verse perdida la figura de aquel ser, sufrí un escalofrío que podría haberme roto la espalda. Retrocedí un par de pasos que sentí flotando, me di la vuelta y caminé rápido hacia la salida. “¡Pssht, Pssht!” lo escuche en mi oído, bien cerca; entonces una nube amarilla de miedo se apoderó de mi corazón, apreté los ojos y envuelto en tinieblas corrí en desbandada a donde el padre, que me vio llegar dando bufidos, lanzándome una mirada de desaprobación. Me quedé quieto el resto del ritual, cuidándome de estar a la luz del quinqué, incluso cuando Alondrita dejo de respirar, recuerdo sus pequeños ojos mirando entre las varitas del jacal en dirección al destartalado establo. Y yo tratando de pasar saliva, mi garganta era un desierto. La gente entraba en el jacalito: los papás de Alondrita, los vecinos, los amigos, las horas, la noche… pero mis pensamientos estaban en otro sitio, al otro lado de la pared de varitas, al fondo del establo. El padre Augusto lanzaba rezos nuevamente, ésta vez para los muertos. Eran las tres y media de la madrugada de un domingo de San Juan y se velaba un cuerpo. Ahora muchos años después debo decir, de verdad, que la noche en aquella sierra fue como un sueño: lejano y ominoso.